Minerva
Notas de una despechada jueves, 27 de marzo de 2025

La que financió el amor hasta Australia

Le pagó los pasajes. Le mandó plata para que estudiara. Lo esperó un año. Y cuando llegó la hora de irse, se enteró de que estaba casado y tenía un hijo. Esta es la historia de la Diosa Despechada de marzo 2025.

La historia llegó un viernes de Diosas en marzo del 2025, y el bar se quedó en silencio.

No porque fuera triste — que lo era. Sino porque todas habían vivido alguna versión de lo mismo y ninguna la había contado tan bien como ella.


Se conocieron en Santiago. Él tenía un sueño: irse a Australia, aprender inglés, estudiar, crecer. Ella tenía un trabajo estable y un corazón grande. Demasiado grande, diría después.

Le pagó el pasaje de ida. Porque él no tenía ahorros y ella sí, y porque cuando quieres a alguien le resuelves lo que puedas. Eso se hace.

Los primeros meses fueron videollamadas largas, mensajes con fotos del puente de Sydney, audios donde le contaba cómo le iba en la academia. Ella escuchaba todo y al final siempre le preguntaba lo mismo: “¿necesitas algo?”

Y él siempre necesitaba algo.

Primero fue el arriendo del primer mes que salió más caro de lo esperado. Después fue un trámite de visa que tenía un costo extra. Después fue una cuota del curso que no le alcanzaba a cubrir. Después fue otro mes de arriendo. Y otro. Y un computador que necesitaba para estudiar. Y ella cada vez mandaba. Porque era inversión. Porque era temporal. Porque cuando él terminara, volverían a estar juntos y todo eso habría valido la pena.

Un año así. Doce meses mandando plata. Trabajando horas extra para cubrir lo suyo y lo de él. Guardando sus propios sueños en pausa porque el sueño de él era más urgente. Diciéndole que no a salidas con amigas para ahorrar. Contando los días para comprar su propio pasaje e irse a encontrarlo.

Hasta que llegó la hora.


Compró el pasaje. Pidió vacaciones. Organizó todo.

Y dos semanas antes de volar, le llegó una foto por WhatsApp. No de él. De una amiga de una amiga que vivía en la misma ciudad australiana.

La foto mostraba a él, en un parque, con una mujer y un bebé. Los tres sonriendo. El bebé tenía a lo mucho tres meses.

Estaba casado. Tenía un hijo.

Hacía los cálculos y el bebé fue concebido más o menos cuando ella le mandó la plata para el computador.


No lloró inmediatamente. Dice que se quedó mirando la foto durante mucho rato, como tratando de que la imagen se reorganizara y mostrara otra cosa. Que fuera un primo. Una amiga. Cualquier cosa. Pero no. Era exactamente lo que parecía.

Le escribió. Él negó todo durante un rato. Después dejó de responder. Después la bloqueó.

Ella canceló el pasaje, perdió la mitad de la plata, y se quedó mirando la pared de su departamento un fin de semana entero.

El lunes siguiente fue al trabajo como si nada. El martes también. El miércoles la llamó una amiga y le dijo que se dejara de aguantar sola. El jueves lloró tres horas seguidas.

Y el viernes vino a Minerva.


No venía a olvidar. Venía a contarlo. Y eso hizo.

Pidió un Flor del Inframundo — que es un trago oscuro con bordes violeta que no es dulce ni amargo, es las dos cosas al mismo tiempo. Lo pidió porque el nombre le pareció apropiado.

Se sentó con sus amigas, con la cara lavada y los ojos todavía un poco rojos, y cuando el karaoke se abrió, una de ellas le dijo “si no lo cantas, lo cantas igual, así que mejor que sea con micrófono”.

Cantó “Rata de dos patas” de Paquita la del Barrio. Obviamente.

No cantó bien. Cantó fuerte. Que es mejor.

Para la segunda ronda pidió una Afrodita — que es rosa, dulce, con espuma arriba, y que se ve espectacular en la foto. La foto la subió a Instagram con el caption: “la plata se recupera, el año se recupera, la dignidad la estoy recuperando ahora”.

Le pusieron 847 likes. En Pudahuel, eso es viral.

Para la tercera ronda ya no estaba triste. Estaba enojada. Pidió un Medusa — que es verde, intenso, y que el bartender prende con fuego antes de servirlo. Cuando se prendió, ella dijo: “así debería haber prendido fuego a esas transferencias”, y la mesa entera aplaudió.


La canción de la noche fue “Y cómo es él” de José Luis Perales. No porque ella la haya cantado — la cantó otra diosa despechada que ni la conocía, desde la mesa del fondo, dedicándosela al aire con los ojos cerrados. Cuando terminó, las dos mesas se juntaron. Al final de la noche eran ocho personas que habían llegado separadas y se fueron juntas a un after improvisado que duró hasta las cuatro de la mañana.

Ella volvió el viernes siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente.

La última vez que vino me dijo algo que se me quedó grabado: “no vine a Minerva a olvidar. Vine a dejar de guardarme las cosas. Y después seguí viniendo porque acá se puede ser ridícula sin que nadie te mire raro.”


Nota de Minerva: esta es la primera historia de la serie “Notas de una despechada” — historias reales contadas por las diosas que pasan por nuestras mesas los viernes. Los nombres no importan. Las historias sí. Si tienes una y quieres contarla (o quieres que la contemos nosotras, con todo el drama y el trago que se merece), escríbenos por WhatsApp o cuéntala en vivo un viernes de Diosas Despechadas. El micrófono es tuyo.